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El organista llegó en silencio, como si profanara un lugar sagrado con sus pasos. La Catedral estaba abarrotada, y algunas pantallas permitían ver a los que estaban lejos. El instrumento, estático y solemne, esperaba las manos que debían romper el encantamiento. Era un concierto para muchas personas, pero no por ello menos íntimo. Se ofrecía en honor a todos los transplantados y a los profesionales sanitarios. José Enrique Ayarra estuvo muy enfermo del riñón y un transplante le salvó la vida. Conversaciones aisladas llenaban el vacío compartido, las horas de dolor y sufrimiento que muchos estarían reviviendo. Pero también la alegría de saberse vivos y poder disfrutar de todos esos detalles que habían estado a punto de perderse.
La primera pieza, Tocatta y Fuga en Re menor de Bach, fue solemne pero alejada. No pude sumergirme en la música tal vez por la fuerte presencia de su hermano Javier, a quien más profundamente dedicaba el concierto. Su hermano menor, muerto en accidente de tráfico. Su hermano, del que había recibido el riñón que necesitaba y que en algún momento le pudo haber parecido demasiado para sí mismo. Su hermano, al que había administrado la Extrema Unción porque ya nada más se podía hacer por él. Todo eso pesaba más en el ambiente que en la música, en las hábiles manos del organista que en las notas imponentes.
Yo imaginaba al hermano, a Javier, en sus primeros años, jugando con sus cosas, corriendo de un lado para otro. A José Enrique, como hermano mayor, lo veía cuidando de Javier, vigilando en todo momento que no se hiciera daño, que no se fuera a caer del árbol o que se saltara un ojo con ese palo. No es difícil hacerse con la escena, verlos jugar a los dos hasta que la noche caía y los reclamaban para cenar en casa. Nada cuesta sentir el amor y el cariño que se tendrían esos dos hermanos. Pero no fui capaz de atisbar, siquiera levemente, el horror de José Enrique sabiendo que su hermano había muerto. Y casi al instante, sin tiempo para recobrarse, recibir la noticia de ese riñón... que trágicamente venía de Javier.
No entendía cómo ese hombre era capaz de estar allí sentado, con todo el peso de las miradas, con el recuerdo vivo de su hermano, tocando piezas tan complejas (el Preludio en Do Menor de Rachmaninov, por ejemplo, inconcebible fuera del sonido limpio y pausado del piano). Es, sin duda, la música que él ama, pero una fortaleza especial brotaba de su interior para mantenerlo en pie, para deleitarnos con esas sublimes conversaciones musicales. La música como refugio, pensé. Una fortaleza armada de complejas armonías que sólo algunos pueden comprender, y muchos menos, interpretar. En el vertiginoso movimiento de sus dedos y sus pies había algo de evasión, de fuga. No por escapar de la vida o de la muerte, sino de sus recuerdos más felices. En las noches de soledad, ese hombre sólo habría tenido el consuelo de Dios y de los músicos a los que veneraba. Tocando escapaba, es cierto, pero también se recogía en lo que aún le quedaba, que no es poco.
Entonces surgió el sonido inmortal de la Marcha Fúnebre de Félix Alexandre Guilmant. Creo que habían mencionado que esa obra era muy del gusto de Javier, quien alguna vez le pidió a su hermano que se la interpretara. Cerré los ojos. Me sentí en otra parte, trasladado de aquel lugar. Las notas pesaban más que nunca, pero también eran más plásticas. Podía verlas, tocarlas y sentirlas en toda su magnitud. Supe que esa canción, por encima de todas las demás, estaba dedicada a Javier. Las manos, que no veía, se estarían moviendo con desgarro, casi torpemente si no fuera por los arduos años de experiencia. Me vi con mucha más edad, ya en la senectud, rodeado de gente querida y de algunos a los que aún no conozco. Yo me estaba yendo sin estar del todo convencido, acaso porque me moría. Todos estaban serenos, todos lo aceptaban, y yo ya no tenía fuerzas para enfrentarme a mi destino. Todo debía acabar, supuse. En el lugar que me esperaba, si es que había alguno, estaría yo solo. Extrañaría a todo el mundo, no podría hablar con nadie. Me senté en una piedra que asomaba en el camino de tierra. Ya los había dejado atrás. Pensé en mi hermano, menor que yo. Pensé que todos nuestros juegos se estaban perdiendo en la memoria, y que ya no volveríamos a saludarnos con un insulto fingido tras el que se ocultaba un cariño infinito. Pensé en nuestra camaradería insuperable y vi, más que nunca, todas y cada una de sus virtudes, que lo hacían un hombre admirable. Recordé todos nuestros momentos juntos, nuestros secretos, nuestras palabras cifradas. Recordé lo que nos unía y lo que nos había separado brevemente. Me lamenté por no haber hecho todo lo que, por pereza o desidia, acabamos dejando de lado. Recordé el día que estuvimos a punto de perderlo. Todas esas cosas, y muchas otras, me conmovieron en el profundo silencio de aquella música. Yo volvería a ver a mi hermano, pero José Enrique estaba tocando para la memoria del suyo. Cuando se acallaron las notas vi a un hombre, sentado en primera fila, cuyo rostro reflejaba toda la paz que residía en la Marcha Fúnebre. No sonreía, pero daba la impresión de estar haciéndolo. Supuse que se trataba de un paciente transplantado que había logrado entender al organista mejor que los demás.
Siguió la música, y en ningún momento dejé de pensar en Javier. Era un hombre joven. Demasiado joven. Paradójicamente, fue uno de los médicos que intervino a mi hermano cuando estuvo al borde de la muerte. Es una de esas horribles casualidades de la vida que nadie puede intentar comprender. Su generosidad, que avergüenza a los egoístas como yo, no se abarca con palabras pero, quizá, sí con la música hondamente humana y viva de su hermano. Alguna vez, seguramente, discutirían, y al tiempo volverían a hablarse como si nada. Así es como esperaban haberlo hecho hasta que los dos estuvieran arrugados como pasas. El que se va y el que se queda. El que recuerda y el que ya es recuerdo vivo. Como la vida, el concierto estaba terminando. El Aleluya de Haendel lo inundaba todo con su mensaje pletórico. Entonces creí ver al hombre del rostro en calma sentado en el coro, en un rincón alejado; su sitio estaba ahora vacío. Los aplausos finales pusieron al público en pie, agradecido y admirado por la valía de ese hombre que había desnundado su alma herida ante todos nosotros. El personaje misterioso estaba apartado, aplaudiendo con emoción. Se diría que miraba al organista con orgullo. Me pregunté quién sería para poder estar tan cerca del maestro. Mientras José Enrique saludaba al público, el hombre se alejaba por el fondo sin dejar de aplaudir ni de mirar al organista. Se detuvo un momento, como el que sabe que todo está hecho, que no cabe añadir nada más, y antes de perderse entre la multitud, se acercó a José Enrique y le dijo algo al oído. El organista no dijo nada, no hizo falta que dijera nada: sus ojos, colmados de felicidad, justificaban el concierto. Traté de seguirlo con la vista pero fue inútil. Todos nos fuimos, creo, mudos y con el corazón encogido bajo las altísimas bóvedas de la Catedral. Cuando ya no quedara nadie y se cerraran las puertas y la noche entrara lentamente para descansar entre las piedras, los ecos del concierto sonarían aún con sentimiento.
Al día siguiente, mientras desayunaba en el bar del trabajo, vi en una página interior de algún periódico, una fotografía de José Enrique con su hermano Javier. Me sentí ínfimo y aliviado cuando comprobé que su rostro era el del hombre en calma, el hombre que se iba.
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Antes del mito y los caracteres, tres fuerzas primordiales hollaban los continentes y los mares en busca de un Secreto que jamás había sido revelado. Si las crónicas no son completamente falsas, su conocimiento implicaba la omnisciencia, pero es lícito pensar que la idea original degeneró con los siglos. Una vez al año, con precisión cósmica, abandonaban sus moradas para fatigar cada rincón de cada valle, de cada gruta, de cada bosque. Sólo unas horas les eran dadas para concluir su búsqueda. Así, cuando abrían los ojos al mundo, éste había cambiado tanto que se veían obligados a empezar desde el principio.
Venían de los crueles desiertos y de ignotas regiones que se confundirían con los infiernos. Muchos han sido los nombres que se les han dado: Ator, Sater y Paratoras; Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerim, y Damascón; Hor, Karsudan, y Basanater; Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph; Kagbha, Badadilma y Badadakharida; Melchor, Gaspar y Baltasar... Serakin, que montaba un elefante, era negro porque al fondo de los océanos no llega la luz del sol; Magalath, el anciano de largas barbas blancas, un caballo; Galgalath, de barba y tez cobriza como las arenas y las rocas, un dromedario. Pero en tiempos primigenios acaso los condujeron criaturas olvidadas. Dominaban la magia, es decir, el poder de alterar los elementos a placer; altas efigies, largas túnicas y el símbolo fundamental los delataban inequívocamente. Conviene recordar que la tradición los dulcifica y los teme con idéntica proporción.
Con la llegada del hombre, el Secreto pudo caer en manos ignorantes o perversas. Mucho deliberaron los Magos de Oriente en altas torres, que siglos después presidirían el reino increíble del Preste Juan. Nada les hubiera costado arrasar la incipiente civilización y erradicar a esos nuevos habitantes molestos. Sin embargo, una señal de los cielos detuvo a tiempo sus belicosas intenciones. La astronomía, en la que eran eruditos, era otro de los caminos que seguían para hallar la respuesta. Una determinada conjunción de los astros, una nova y una leyenda humana (pues no todas eran despreciables) situaban el lugar del Secreto en un punto preciso de la geografía, poco después de su cíclico despertar. El lugar era una aldea llamada Betléem, donde los hombres se reunirían para contemplar un hecho milagroso. La espera fue más ardua que todas las búsquedas, pues el fin estaba cerca. Galerías, salones y sótanos parecían abandonados por el silencio que los atravesaba hora tras hora. Pero esta vez, su poder no sería útil; sentían que no era conveniente alterar hechos tan minuciosos.
Por fin llegó el día señalado. Los desiertos se estremecieron con el ímpetu de las fuerzas, que hábilmente habían adoptado formas comprensibles para la mirada humana. Durante la siempre nocturna travesía, que los llevó por parajes que nadie ha contemplado, temieron que el Secreto ya hubiera sido profanado a su llegada. Intentarían pasar desapercibidos, pero aplastarían cualquier oposición humana, pues su poder no era comparable, y sus valores pertenecían a mundos distintos. De noche, la nova brillaba con fuerza, y bajo ella, en un lugar incierto, descansaba la ansiada sabiduría.
Tras muchas jornadas inagotables, los Magos empezaron a divisar una luz en la tierra. Era Yerushalaim, que sólo existía en la negrura del desierto y que los guió desde entonces. Cuando las antorchas estuvieron cerca, inmensos palacios y edificios se levantaron de las arenas inefables. Comerciantes y ladrones se afanaban en sus oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico, donde comerciantes y ladrones se afanaban en sus respectivos oficios mientras la ciudad soñaba con otro Yerushalaim idéntico... Un hosco tabernero les dijo que allí reinaba Hordos, al que odiaba por cruel, sanguinario y licencioso, y por haberse vendido a los romanos. "Ese hombre", pensaron, "tiene medios para encontrar el secreto, así que nos será útil". A medianoche se presentaron en palacio como reyes de tierras exóticas y lejanas, lo que debía excitar la curiosidad del rey. Como habían planeado, les concedieron una audiencia con ese Hordos al que profesaban temor y asco. Quien, tumbado entre amplios cojines, era agasajado por hermosas jóvenes, no infundía temor ni parecía capaz de crueldad, pues no había en él suficiente inteligencia. Era corpulento y sonreía de manera estúpida mientras bebía vino de una copa ornamental. Los Magos fueron presentados como Magalath, Galgalath y Serakin, venidos de reinos lejanos y desconocidos.
-¿Qué os trae a Yerushalaim, oh reyes? -preguntó, sin dejar de sonreír, Hordos. -Estamos buscando algo que quizá tengas -respondió secamente Serakin. -Dime de qué se trata y decidiré si puedo regalároslo o vendéroslo -volvió a burlarse el rey. -Ni lo sabemos, ni podemos decírtelo, ni lo entenderías. Es el Secreto -dijo Magalath. -¡Cuidado, reyes! -advirtió Hordos, adoptando un gesto colérico. Las jóvenes se retiraron a un gesto de su mano. Hordos continuó:- No me ofendáis en mi palacio porque mi mano nunca ha temblado al sesgar una vida. -Discúlpanos, Hordos -dijo, conteniéndose, Galgalath-. Nuestro viaje ha sido largo y tortuoso y estamos cansados. Sólo queremos saber si conoces la leyenda de la estrella que brilla en los cielos estos días. -¡La leyenda! -exclamó Hordos- ¿Venís por la leyenda? ¿Qué sabéis de ella? -Vagas referencias -dijo Magalath-. Sólo sabemos que algo importante acontecerá en esta región dentro de poco. ¿Qué sabes tú? -Poco más -mintió-. También quiero saber qué va a suceder. Éste es mi reino y debo estar informado de estos asuntos.
Hordos conocía la profecía de Miqueas, que prometía revueltas populares y ponía en peligro su reinado. Pero esto sólo era de su incumbencia.
-Ahora podéis partir -dijo Hordos tras un breve lapso-, pero no olvidéis traer información a vuestro regreso. -Tienes nuestra palabra -respondió, sonriendo, Serakin. Accedieron porque la palabra dada a un hombre no los comprometía.
Los Magos sabían que ese miserable no había encontrado el Secreto, cuya posesión otorga una presencia inconfundible. Partieron nuevamente rumbo a Betléem y se perdieron en las entrañas del desierto. El frío arreciaba y la oscuridad era absoluta. Sólo el cielo, y en él una estrella nueva, parecía tener vida. De pronto, a lo lejos, una nueva luz, mucho menor, se asomó tímidamente a la llanura. Hacia ella dirigieron sus pasos los Magos, esperando recabar más información. A medio camino de lo que intuían como una pequeña ciudad se encontraron con una escena inesperada. Un hombre, una mujer y un niño, se cobijaban del frío en un establo que apenas se tenía en pie. Lo compartían con un par de bueyes renqueantes. En ese punto miraron al cielo y comprobaron, atónitos, que todos los signos se conjuntaban allí, donde sólo había una familia de nómadas. El hombre se adelantó para hablar con ellos. Tenía una tupida barba negra, el gesto cansado y los ojos viejos.
-¿Quiénes sois, señores? -les preguntó- Yo soy Yosefyah y ella es Mariam, mi esposa. El que está en su regazo es nuestro hijo, Yeshua, que acaba de nacer. -Nuestros nombres no deben importarte -respondió Magalath, ya impaciente-. Venimos de muy lejos en busca de algo que tienes y nos pertenece. Dánoslo y no sufrirás. -¡No hay ya nada que yo posea! -se lamentó Yosefyah-, salvo mi amada familia. Si me pedís que os la entregue, habréis de dañarme porque prefiero morir a perderla.
En los ojos de Yosefyah brilló un fulgor que no habían visto antes. Su interés por los humanos era escaso, y su contacto con ellos se limitaba a unos pocos individuos vacíos y mezquinos. El sentimiento de ese hombre, que era nuevo para ellos, les pareció, sin embargo, auténtico.
-Has hablado con valentía -dijo Serakin, y su voz atemorizó a las cosas de la tierra-, y eso te honra. Pero debes saber que no somos piadosos, y nuestro poder supera cualquier fenómeno que tus leyendas te hayan transmitido y tus ojos hayan contemplado. -He hablado con sinceridad -repuso Yosefyah-, pues soy un hombre humilde. Sabed que tuve negocios y propiedades allá de donde me exilié, pero en estos días de júbilo por el nacimiento de mi primogénito, no me queda ni un techo para guardarlo del frío. ¿Cómo podría tener algo que buscan hombres poderosos, cuyo valor será indudablemente muy alto?
Galgalath, que empezaba a desesperar, rugió: -¡Buscamos la Sabiduría, y tú eres sabio! Podrías haberla encontrado antes que nosotros y haber armado este espejismo. -Si fuera tan sabio, ¿no me habría resultado más sencillo esquivaros o aniquilaros? ¿Y no habría construido una casa para mi familia? No soy sabio, y mis fuerzas nada pueden contra vosotros. Pero el amor que me une a mi familia es indestructible. -¿El amor? ¿Qué es eso? -preguntó Magalath. -No puedo explicarlo -se disculpó Yosefyah-. Sólo sentirlo. El amor es lo que se encendió en mí, y no se ha extinguido, cuando vi a Mariam por primera vez. Es lo que nos animó a dejar atrás nuestras riquezas y lo que nos trajo a este remoto establo a través de un penoso viaje. Pero sobre todo, es lo que trae nuestro hijo, que viene a salvar el mundo. -Yosefyah dice que no es sabio, pero sus palabras lo contradicen -intervino Serakin, dirigiéndose a los Magos y pronunciando el nombre del otro por primera vez-. Sin embargo, sus razones son correctas. ¿No habremos juzgado incorrectamente a los humanos, a los que siempre hemos creído ladinos y traicioneros? Acaso estamos confundiendo la naturaleza del Secreto. ¿Y si fuera el poderoso misterio que fluye bajo sus palabras?
Mientras los Magos discutían, un grupo de pastores llegó a donde estaban , y allí se arrodillaron. Un profundo silencio se hizo en la llanura, y el brillo de la nova se hizo más intenso. Galgalath se acercó:
-¿A qué venís y por qué os arrodilláis? -les preguntó. -Somos pastores de estas tierras -dijo uno de ellos- y venimos a adorar a este niño. Todos hemos sentido que ha nacido esta noche y algo nos ha traído hasta aquí.
Una pastorcilla se acercó a Mariam y le dio mantas, leche y comida.
-¿No los conocéis? -insistió Galgalath. -No, señor -respondió otro pastor-, pero nos da pena que estén pasando frío y hambre con esa criatura recién nacida.
No tenían necesidad, pero los Magos pidieron a Yosefyah permiso para acercarse al niño y no les fue negado. Mariam, que era dulce de naturaleza, les sonrió amablemente. El niño estaba en su regazo, dormido como si descansara en el lugar más cómodo del mundo. Su fragilidad y su diminuto tamaño los conmovió. En la mirada que la madre le dirigía intuyeron, nuevamente, la fuerza de las palabras de Yosefyah. Súbitamente los invadió la Eternidad, y entre todo lo que les fue revelado, se supieron actores de un teatro que los superaba. Entonces sucedió lo que registran las leyendas y las imágenes antiguas, y es que los tres Magos, sin poder resistirlo, se postraron y ensayaron una reverencia.
-Este niño -dijo Magalath- no es como los otros humanos, al igual que Yosefyah y tú. Hace un instante, hubiéramos arrasado el establo, y con él, a vosotros. Ahora, una fuerza mayor que la nuestra nos lo impide, una fuerza que sin duda es el Secreto y la Sabiduría que llevamos buscando desde el principio de los tiempos. Intuyo que nada hay, en la compleja trama que empiezo a entrever, que podamos hacer por vosotros. Pero tenéis nuestra palabra de que cada año, cuando llegue nuestro momento, os protegeremos de los hombres perversos.
-¡Gracias, muchas gracias! -exclamó Mariam- Pero sabed que llegará un día en que no podréis ayudar a Yeshua. Ni siquiera yo, que lo he llevado en mis entrañas, puedo hacer nada para evitarlo.
Las palabras de la joven arrastraban todo el dolor y la amargura del mundo, pero ella, que hablaba sin saber del todo, aún era capaz de sonreír mientras miraba a su pequeño.
Los Magos salieron del establo y miraron al cielo, apreciando con ojos nuevos la vastedad cósmica, que por primera vez tenía un significado completo. Con un breve gesto de la mano, Serakin hizo aparecer una casa donde antes sólo había tierra, piedras y matorrales. El asombro fue tal entre los que allí estaban, que sólo quedó el silencio. Los Magos, entonces, entregaron a Yosefyah tres regalos, cuya naturaleza es desconocida y que con el tiempo han tomado múltiples formas e interpretaciones. Infinitamente agradecidos, Yosefyah y Mariam se despidieron de los Magos, que pusieron rumbo a su origen incierto. Antes de retirarse por completo, se detuvieron en Yerushalaim para confundir a Hordos y evitar que diera con Yeshua. La ruindad del rey era la misma, pero también su existencia era necesaria, lo cual le salvó la vida por segunda vez.
La tradición cuenta que desde entonces, en conmemoración de ese día, los niños humanos reciben regalos de los tres Reyes Magos la quinta noche del primer mes de cada año. Muchos descreen de estas historias porque la edad ha aniquilado sus ilusiones. Pero algunos saben que entre todos los demás, como entre las estrellas del firmamento, siempre hay un regalo que nadie ha comprado. Un regalo cuyo significado, más allá de las infinitas formas que puede adoptar, habla de una remota noche en la que el amor inquebrantable vino a salvarnos para siempre.
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A esa sensación imperfecta.
Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia. Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más profundamente, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa. Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano. Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia. Atardece en el bar (constantemente atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta maravillosamente curiosa); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas. Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales. Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra... eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental). En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún. Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa. Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar. El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece. En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Finalmente descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba. |
¡Espérame, amor, voy hacia ti...!
Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña, fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan profundamente, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo. El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia, y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún valle lejano, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas para abandonar la montaña, para ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huída. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos. Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna magia indeleznable protegía ese recuerdo. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable. Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final. La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó suavemente hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi. Su blanco rostro luminoso me cegó, y sentí que su calma perpetua me inundaba lentamente. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría. El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir. Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, que salpicaban el exterior. Todo transcurría lentamente y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio. ¡Ven, amor, te espero...!
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Me contaste que una enfermedad te estaba matando rápidamente; apenas te quedaban unas horas de vida. La cura, por desgracia, se encontraba en el fondo del océano, oculta bajo una roca. Me desesperé pensando en la vastedad oceánica, en todas las rocas de color azul grisáceo bajo las que podría estar el freno de tu muerte, en el poco tiempo que seguía reduciéndose. Salí a la calle, era de noche. Debía elegir correctamente el punto de entrada. Bajo las tapas de alcantarilla, en los descampados y en los arriates, el mar esperaba silenciosamente. Corrí hasta el descampado de los eucaliptos y me lancé al agua, que empezaba siendo fango lleno de podredumbre. Alejándome un poco de la acera sentí el frío de las corrientes profundas y me sumergí sin dudarlo. Tuve que salir a respirar. Había olvidado que dependía únicamente de mis pulmones. Me sentí perdido en medio de la inmensidad marina, rodeado de casas, farolas y asfalto, pero con el mar y todos sus misterios insondables oscilando bajo mis pies. Entonces te recordé un año atrás, transformando la primavera en las anheladas ondas de tu pelo, diciéndome al oído algo que me hizo sonreír. Una vez más me introduje en el abismo, pero ya no dudé. Tenía que encontrar la piedra exacta en una oscuridad impenetrable, sin linternas, sin focos, rodeado de criaturas extrañas que no me tenían miedo. Varias veces tuve que regresar de las profundidades para coger aire. A la tercera o cuarta emersión se había desatado una tormenta colosal que me arrastró y me desorientó. No me rendí y bajé hasta las pesadas rocas. Ya me empezaba a asfixiar cuando sentí una presencia bajo una roca idéntica a todas las que había levantado. La corriente me impulsó súbitamente y tuve que salir a respirar. El oleaje me lanzaba con fuerza en todas direcciones, mareándome, desorientándome, agotándome. Me empujó hasta el fondo a gran velocidad y me golpeé con una superficie durísima. Medio inconsciente intenté moverla. Cedió con facilidad y mostró la anhelada cura. No sé cómo salí a la superficie, ni cómo me arrastré hasta la cama donde agonizabas, pero recuerdo que te salvé y que volviste a la vida. |
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