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A esa sensación imperfecta.
Hace años que me persigue una sensación extrañamente conocida y penetrante, lejana y persistente. En cierta ocasión he creído su presencia una tortura; pero ahora sé que me sumerjo en su esencia al recordarla, y ese baño es más delicioso que cualquier amor o pasión ardiente agasajando mis deseos. Me gusta, sin duda; y tal vez la necesito y anhelo en su ausencia. Hace años que me persigue, y llevo años intentando captarla con la pluma; pero tan sólo mi espíritu consigue hallarla. Ayer (o quizá un par de días atrás) regresó a mí. Fue un detalle ínfimo, apenas apreciable si se carece del especial interés que esta sensación despierta en los sentidos y, más profundamente, en la memoria. Recuerdo un sueño cálido, alimentado por vapores anaranjados y canciones etéreas; junto a mí estaba ella, y mi mente se precipitaba hacia su voz con la fuerza de mil astros, sumiéndome en un vértigo confuso y oscuro. En ese instante me fue dado que no debo demorar mi paciente espera por más tiempo: debo escribirla de inmediato, si me asiste la Musa. Para esta sensación no existen espacio ni tiempo: es la luz oscura que el cosmos atraviesa. Por ello me traslada a escenarios distintos: un solitario bar olvidado, con reuniones de ocioso polvo esparcidas por la barra; o los pasillos de alguna sala de cine, sombríos pasillos sigilosos. Por ello me traslada a tiempos dispares: en un espejo antiguo, colgado al fondo del antiguo bar, bailan los años más tristes y vacíos; en los asientos de la enorme sala se acomodan personajes de los treinta, y en el ambiente se percibe algo aún más arcano. Quizá todo comenzó con ella, la que recuerdo sin haberla conocido, ella fugaz, ella misteriosa, ella ilusoria. Su vaga imagen borrosa se presenta en mi memoria con la frente agachada, los ojos mustios y vacilante la mirada. Pero ella tampoco existe en el espacio ni en el tiempo; o tal vez ambos se desvanecen con su presencia. Atardece en el bar (constantemente atardece al tiempo que declina la noche, pero esta ocasión resulta maravillosamente curiosa); rueda el sol en el cielo y sus rayos, a través de los inciertos cristales de una ventana, otorgan sentido a la barra y al espejo. Una fiel armonía silencia los rincones cálidos y suaviza las formas. Ahora estoy seguro, ella es la causa de mi deseada sensación: todo sueño por apresarla lo provoca el recuerdo de ella, a quien no alcanzan las sustancias materiales. Sin embargo, creo que no estoy transmitiendo el verdadero efecto que atisbo cuando me rodea. La justa armonía entre absoluta calma y agitación caótica, el fulgor extremo fundido con la templada penumbra... eso es mi sensación pero incompleta, carente de una de sus esencias (sospecho que la más fundamental). En la barra del bar queda el reflejo de una sombra, queda el motivo de un lamento; mientras, las pacientes aspas de un ventilador de techo juegan con las luces apagadas. Las rojas puertas del cine se mueven despacio, se quejan entre susurros; pero nadie ha pasado aún. Quisiera escribirle si supiera dónde está, escribirle a ella y suplicarle una palabra de perdón para mi agrio arrepentimiento. Pero el tiempo perdió sus deseos, como yo perdí su alegría inmensa. Alguien se levanta de un asiento: es un hombre en la sala de cine. Se dirige hacia las puertas, que aún hablan de tristeza. Cuando sale de la sala, desaparecen los años treinta. Alguien llora frente a un espejo de metal: es una mujer sentada en la barra del bar. El hombre camina entre dudas, entre los fuegos de la noche, los gatos grises y las paredes de ladrillo desnudo. Una flor se cruza en su camino, una flor escondida entre las raíces de un árbol anciano; su voz la reclama y su mano la arranca. Se acerca a una verja verde, la empuja y entra. La mujer suspira, se ahoga en las miradas de compasión del camarero y los clientes. El hombre entra en el bar; busca desesperadamente con los ojos y se encuentra en los ojos líquidos de la mujer, que solloza confundida. Los pasos de él la dirigen hasta ella; saca la flor mustia y se la ofrece, y le pide una respuesta a su mirada. Ella se arranca del alma una última lágrima, una lágrima de perdón y de ese olvido que limpia el cariño. En medio de mil abrazos, la flor cae al suelo: la imperfección atardece. En la sala de cine termina una película de los años treinta; no hay nadie en los asientos; las puertas se mueven porque ha salido un hombre. La película narra la historia de un escritor que intenta plasmar la sensación que le provoca la ausencia del sentimiento, del cariño, del amor. Finalmente descubre que tal sensación es imperfecta y que en ello radica su belleza, y entonces la escribe. El hombre salió cuando comprendió ese mensaje. Acaso el escritor terminó de contar la historia de un hombre que rescató su amor en una sala de cine y recordó a su amor y, aun con la imperfección como promesa de eternidad, decidió buscarla en un bar de llantos nocturnos. Acaso el hombre no terminó de oír la historia porque ya no lo necesitaba. |
¡Espérame, amor, voy hacia ti...!
Por la grieta inapreciable que atraviesa la montaña, fluye agua nocturna que, incesante, sigo y escucho desde que me habló de ella. Me mostró un reflejo vagamente conservado de su tez; yo lo contemplé arrebatado de un amor invencible y oscuro como mi mundo. Por donde el agua pasaba, yo no podía deslizarme. Cada noche las gotas, generosas y amables, me traían el difuso reflejo de su rostro, que durante instantes breves llenaba mi alma solitaria. Yo me resignaba a esperar la noche dentro de la montaña imperturbable, oyendo el goteo del agua ociosa, que en su viaje consume las entrañas de la roca; o trataba de memorizar todos los relieves de una pared. Aunque la oscuridad domina mi mundo, el agua nocturna indica la declinación del día. Tras verla a ella, aunque me llegaba incierta y mermada, pasaba horas realzando su belleza. Los días que el agua no podía traerme nada, soñaba sin tregua con sus cualidades apenas vislumbradas. Nunca había visto una pureza semejante, ni aun en las lentas calizas. Tampoco había sido herido tan profundamente, ni siquiera cuando caí sobre las afiladas rocas del abismo. El Tiempo me fue arrebatando la paciencia; necesitaba verla (por primera vez sentí necesidad), comprobar su existencia, hasta ahora efímera y acuática. Consideré que ella no me conocía, que ignoraba mi angustia, y no sospechaba que, en la recóndita profundidad pétrea, una conciencia vivía esclavizada por un atisbo de su imagen. Pero ella no era la culpable, sino la montaña, que me retenía en contra de mi voluntad. Desconocía el tiempo que permanecería allí fuera, en la proximidad inalcanzable. Quizá venía de algún valle lejano, o acaso estaba de paso y en algún momento partiría para siempre. Sumido en la desesperación, ensayé varias formas para abandonar la montaña, para ser libre y verla y tocarla. Sin embargo, todos mis intentos fracasaron. Llegué a pensar que la montaña evitaba mi huída. Me propuse intentarlo hasta que el desgaste me aniquilara; así, al menos, no me sentiría culpable por perderla. Pero entonces sucedió algo que me incomunicó del agua y del exterior; algo que me alejaba más de ella, porque cada pensamiento, cada recuerdo de su rostro en el agua, era una tortura que me atería como el rechazo instintivo hacia el dolor. Sucedió que las paredes que me cercaban se derrumbaron, dejándome atrapado en una cámara casi hermética que tan sólo intercambiaba con el exterior pequeñas cantidades de aire. Pero el agua no podía pasar por esos conductos. Lentamente me asomaba a mi final. Mientras, no podía más que estudiar las paredes, que ya conocía mejor que mi propio ser, y recordar la imprecisa imagen que de ella me quedaba. Hubiera querido olvidarla, deshacerme de su visión tortuosa, pero alguna magia indeleznable protegía ese recuerdo. El agua entró en mi celda. Creo que yo había presentido su humedad mucho antes, pero no quise creer en una esperanza que, de ser falsa, me hubiera matado. Me contó que muchas corrientes habían trabajado sin descanso para liberarme. Les agradecí su ayuda infinita y prometí recompensar la deuda. Me llevaron a galerías más amplias, donde recordé el tacto de los filones de carbón y el perfume de las cavernas de caliza. Algunas gotas llegaron apresuradas y me mostraron su imagen. El tiempo de mi cautiverio, que sólo se puede medir en unidades de dolor y sufrimiento, parecía haber desaparecido de pronto. Para colmo de mi felicidad, el agua me confió un método para salir de la montaña. Llevaría tiempo, pero con su sabiduría en el arte de perforar la roca sin romperla, vería por fin la luz, sabría cómo es el día del que me hablan las gotas. Porque en esta prisión informe y de tinieblas me fue dado un sentido que sólo he usado para admirar su belleza inalterable. Recorrí las primeras distancias sin apenas esfuerzo, aunque conforme avanzaba se hacía necesario ensanchar la cavidad para que mi cuerpo pasara. A veces notaba estremecimientos en la montaña: estaba furiosa por mi marcha. Durante las horas en las que el agua tenía que marcharse, mi único enlace con la vida era la esperanza de alcanzar el momento final. La locura dio al fin su fruto. Tres días sucedieron con la claridad que anunciaba el término de mi mundo y el comienzo de mi libertad. Cuando, por fin, el agua perforó la última lámina; cuando mi cuerpo se deslizó suavemente hasta caer sobre una plataforma horizontal y sentí el frío de la brisa nocturna en mi piel, y por primera vez respiré aire puro; cuando la salvaje visión de la inmensidad atacó mi vista con valles, cordilleras interminables, nubes, plantas y otros elementos misteriosos, esa dimensión que sólo conocía a través de los relatos del agua; cuando alcé la vista la vi. Su blanco rostro luminoso me cegó, y sentí que su calma perpetua me inundaba lentamente. Gradualmente recuperé la vista y mis ojos quedaron fijos en su imagen inmóvil y nítida, en el disco perfecto que gravitaba en el cielo. Ella me observaba, me iluminaba con un haz que se me antojó cálido. El agua me había hablado de muchas cosas, pero nunca de ella. Todo lo que dominaba mi vista era fascinante, pero lo ignoré para contemplarla y aprender cada detalle de su faz. Noté un estremecimiento, un temblor en mi cuerpo, caí al suelo. Supe que me moría. El agua se elevaba ya sobre mi cabeza al encuentro de la pálida belleza inasible. Fui feliz por haber cumplido mi sueño de verla y por haber liberado al agua amiga de la esclavitud terrena. Apenas consciente, oí un estruendo de rocas desplomándose, y luego, el silencio sepulcral, el silencio oscuro. El paisaje había desaparecido, volvía a estar dentro de la montaña, atrapado para siempre porque el agua se había ido. Esa noche comprendí que mi madre, la montaña, fuera de la cual no vivo, me había salvado. Pensé una vez más en ella, a la que no vería más, ni siquiera en el espejo líquido que me había acompañado durante tanto tiempo. Cerré los ojos. Sólo me quedaba dormir. Esa noche, como todas las que han venido después, soñé que la montaña se abría y ella entraba y yo le enseñaba mi hogar. Venía con el agua, que felizmente nos abría paso por los pasadizos más estrechos. Ella me contaba lo que veía en sus viajes por el cielo, como las otras montañas, mayores incluso que la mía, que salpicaban el exterior. Todo transcurría lentamente y no había despedidas. Al despertar me acompañaban la oscuridad y el silencio. ¡Ven, amor, te espero...!
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Me contaste que una enfermedad te estaba matando rápidamente; apenas te quedaban unas horas de vida. La cura, por desgracia, se encontraba en el fondo del océano, oculta bajo una roca. Me desesperé pensando en la vastedad oceánica, en todas las rocas de color azul grisáceo bajo las que podría estar el freno de tu muerte, en el poco tiempo que seguía reduciéndose. Salí a la calle, era de noche. Debía elegir correctamente el punto de entrada. Bajo las tapas de alcantarilla, en los descampados y en los arriates, el mar esperaba silenciosamente. Corrí hasta el descampado de los eucaliptos y me lancé al agua, que empezaba siendo fango lleno de podredumbre. Alejándome un poco de la acera sentí el frío de las corrientes profundas y me sumergí sin dudarlo. Tuve que salir a respirar. Había olvidado que dependía únicamente de mis pulmones. Me sentí perdido en medio de la inmensidad marina, rodeado de casas, farolas y asfalto, pero con el mar y todos sus misterios insondables oscilando bajo mis pies. Entonces te recordé un año atrás, transformando la primavera en las anheladas ondas de tu pelo, diciéndome al oído algo que me hizo sonreír. Una vez más me introduje en el abismo, pero ya no dudé. Tenía que encontrar la piedra exacta en una oscuridad impenetrable, sin linternas, sin focos, rodeado de criaturas extrañas que no me tenían miedo. Varias veces tuve que regresar de las profundidades para coger aire. A la tercera o cuarta emersión se había desatado una tormenta colosal que me arrastró y me desorientó. No me rendí y bajé hasta las pesadas rocas. Ya me empezaba a asfixiar cuando sentí una presencia bajo una roca idéntica a todas las que había levantado. La corriente me impulsó súbitamente y tuve que salir a respirar. El oleaje me lanzaba con fuerza en todas direcciones, mareándome, desorientándome, agotándome. Me empujó hasta el fondo a gran velocidad y me golpeé con una superficie durísima. Medio inconsciente intenté moverla. Cedió con facilidad y mostró la anhelada cura. No sé cómo salí a la superficie, ni cómo me arrastré hasta la cama donde agonizabas, pero recuerdo que te salvé y que volviste a la vida. |
El viejo Kúmard se debatía entre dos finales para un mundo ficticio mientras levitaba por el espacioso salón de su morada de cristal de Ócrom. Yo simplemente lo observaba, lo miraba tácitamente. El círculo de la planta albergaba esta vez un acuario espectral y varios artefactos olvidados; la butaca donde me hallaba recostado transmitía una comodidad etérea, desligada de la materia, sensación que alimentaba el rojo carmesí de su forro. Kúmard llevaba un rato dando vueltas en torno a mí, alrededor de la mesa pétrea; sus blancos bigotes sobre su perilla blanca dejaron escapar una frase que quizá no iba dirigida a mí:
–No estoy de acuerdo con la maldita frase "todo comenzó con..." –dijo, divagando en voz alta–. Nada comienza, ni siquiera la misma frase; en realidad, cada suceso está encadenado con todos los demás, formando parte de un caos absoluto...
De pronto calló como si su intervención en el silencio hubiera sido un descuido de su pensamiento interior. Ante ese gesto decidí agravar el mutismo y dejé al viejo con su conflicto. Asomé la vista al exterior, a través de la ventana triangular, y advertí en qué clase de día me encontraba; sin duda era uno de esos que comienzan a descubrirse rodeados de una inexistente neblina matinal y terminan por entenderse, aunque de mala gana, cuando cae la noche. Así estaba mi ánimo entonces, nublado por una presencia persistente y pegajosa como la sustancia de las calurosas tardes de Frise, la anaranjada ciudad de Frise. Todas esas impresiones, esos recuerdos, no hacían más que sacarme a rastras de una variable habitación de curvas paredes azules donde Kúmard no paraba de reflexionar. Algunas aves volaron hacia el lejano atardecer en trayectorias que, por un momento, me parecieron sólidas.
–¿Qué te parece la teoría sobre la Eternidad, ese símil con las ondas de un estanque? –me preguntó Kúmard con aire de curiosidad.
–Ciertamente, viejo, no estoy de acuerdo contigo –respondí–. Los recuerdos son lo único que me permiten existir; más allá de ellos no encuentro nada, así que nada es lo que había antes de mí.
–Curiosa teoría –añadió–; algo egocéntrica pero curiosa. Por cierto, te agradecería que me ayudaras con la creación de mi mundo ficticio; tal vez alguna sugerencia...
Estas últimas palabras se dejaron caer en el aire como gotas de agua sobre agua, apenas adquirieron sentido en mi mente entonces (aunque más tarde serían claras). El tiempo se apresuraba por pasar aun sabiendo que no podía, y mis recuerdos acudían en bandadas a mi mente. Recordé las expediciones a los montes de arcilla, el moteado rojo del gato de mi hermana, las falsas lágrimas de mi familia cuando nos quedamos huérfanos, la etiqueta de la botella de whisky que mi hermano escondía bajo la cama, el descuido al colocar las flores el día del entierro, los forzados pésames de tantos desconocidos, el amor que me asesinó varias veces, las risas de mis amigos cuando jugábamos a colarnos en los trenes, el humo del tabaco frente a mis ojos mientras creía olvidar en un rincón de cualquier taberna, y todo para perderme finalmente entre tantas imágenes y tantos detalles, para no saber a cuál atender y confundirlos en un caos que, a diferencia del que había propuesto Kúmard, era fino y luminoso, bello, apasionado, profundo. Kúmard me miró; tal vez lo supe después, cuando volvió la cara velozmente y fingió seguir pensando.
–¿Qué te parece una inversión de la situación, del planteamiento? –le pregunté difusamente.
–¿Qué? ¡Oh! ¿Me hablas a mí? –le oí musitar.
–Me refiero al final de tu mundo.
–Perdón, no te estaba prestando atención –se disculpó.
–Podrías finalizar tu mundo invirtiendo las circunstancias de los personajes, jugando con sus personalidades.
–¡Muy buena idea! –respondió entusiasmado. Enseguida se puso a trabajar en el curioso desenlace. Ese viejo pequeño y tan peculiar no estaba trazando una novela o una crónica, sino un mundo con todos sus misterios (aun para él), sus casualidades y trivialidades, sus posibilidades infinitas, sus particulares personajes, su evolución... Y a todo ello pretendía ponerle fin; pues, aunque estaba convencido de la irrefutable Eternidad, prefería evitar una imitación imperfecta de tan maravilloso concepto. Ese mundo (que, como he dicho, no es una obra literaria) no estaba escrito, sino ideado completamente por el pensamiento abstracto (admirablemente abstracto) de Kúmard. Su mente no era infinita; por ende, el mundo que estaba creando tampoco. Me distrajo el ruido de la noche al declinar, ese ahogado aullar lejano, y después el viento del sol precipitándose tras el horizonte; miré, pero ya era tarde: el día había resuelto acabar rápidamente. Lo único que alcanzaba a ver era una llanura (donde hacía dos horas se erigían enormes bloques de azúcar) bañada por la ilusoria incandescencia de la luna, fría incandescencia de un azul pálido. Hite siempre decía que la niebla de los malos días se disipa haciendo confesiones; después, la yerma sensación lunar deja descansar el alma.
–¿Debo variar la casualidad de todos los personajes o sólo de uno en concreto? –me preguntó repentinamente Kúmard, o tal vez le preguntó al aire.
–De todos, de alguno –vacilé–. Supongo que del más interesante o del más miserable, pero nunca del más virtuoso.
Kúmard no hizo más comentarios durante varias horas. Aún no había pensado si me quedaría en su casa aquella noche; en tal caso tendría que llamar a mis hermanos para que decidieran qué iban a hacer. El destello luminoso de alguna piedra de Izam jugó con mi memoria y me forzó a recordar las aguas purpúreas de las cavernas de Kilegh; allí conocí a Sivada, que también las estaba visitando. Todo se confundía después en mi mente, todo caía en un abismo con millones de manos a los lados que luchaban por apoderarse de los recuerdos. Ya sólo me quedaba dolor por pensar que la persona más importante de mi vida me había traicionado. El viejo se paseaba dando vueltas sobre sí mismo, cavilando hipotéticas soluciones, posibles acontecimientos; sus ojos miraban apenas, estaban totalmente absortos en el desarrollo de su mundo.
–¿Cómo se llama tu mundo? Aún no me lo has revelado –dije sin querer.
–Aún no lo he pensado –murmuró algo molesto y a la vez cariñoso–. Podría ser cualquier nombre, pero prefiero que no sea complicado. Te lo diré más tarde.
Cerré los ojos; necesitaba evadirme de las minucias de aquel lugar. Me imaginé abrazado a mis hermanos en una sorda oscuridad. A lo lejos estaba mi familia, metida dentro de una gran lágrima que parecía de juguete. Con ellos, pero fuera de aquella lágrima, estaban mis padres; su expresión seria y solemne les confería un aspecto cotidiano. Lentamente se dirigieron hacia la familia y se introdujeron en la enorme lágrima.
–Taleth... ¿Suena bien? –dijo Kúmard, interrumpiendo mis pensamientos–. No, déjalo; creo que debo pensarlo mejor.
Yo seguía con los ojos entornados, por lo que no me resultó difícil seguir fantaseando. La oscuridad era la misma; todo lo demás se había esfumado. Junto a mí estaba Sivada; la recordaba más alegre, y en cambio la veía triste, apenada, mirando hacia abajo, hacia la negrura infinita. Lejos (más aún que mi familia) vi a Sivada, aunque esta vez sonriendo. Estaba en ambos lugares al mismo tiempo: la que tenía al lado esperaba eternamente un llanto que no llegaba (que no llegaría); y la otra me observaba y se divertía. La última comenzó a caminar hacia ése del que nunca supe ni su nombre y desapareció, quedando sólo Sivada, a la que no recordaba pero intuía. Después de esa compleja simbología me rendí ante los recuerdos que anhelaban entrar en mi conciencia. Todos me fueron mostrados a la vez, todos me torturaron al mismo tiempo: el sabor de la diceína mineral, los rizos negros de la chica del ciento setenta y tres, los regalos de cumpleaños que nunca me gustaron, las inútiles vacaciones de verano, el olor a chocús húmedos cayendo de los árboles, el último sorbo de café antes de ir a recoger a Juincè al aeropuerto, las prisas durante los días de competiciones, las chiquilladas de mis hermanos que después pagaba yo, la visión de una iglesia y en ella un horrible sacerdote y bajo él mis padres, la simetría de las formas en la Galería Ufgae, los juegos de otoño, la estatua que me miraba en la calle Adapasor, las lluvias de cometas, de nuevo perdido en esa luminosidad impecable de un caos que se dejaba entender gradualmente, de nuevo aturdido por ese pasado asfixiante. Dejé de meditar porque tenía que llamar a mis hermanos. Hablé con Leran (el más pequeño), quien me aclaró que preferían pasar la noche en casa de Kúmard. Como al viejo no le importaba que se quedasen, le dije a Leran que no había ningún problema.
–Espero que tus hermanos me dejen trabajar –dijo Kúmard en tono afable, casi sonriendo.
–Descuida, viejo; los conozco bien y sé qué debo decirles para mantenerlos callados.
Ambos nos distanciamos mutuamente para dedicarnos a nuestros respectivos asuntos. El de Kúmard era un mundo con millones de preocupaciones, pero la sola remembranza de mi pasado se me antojaba mucho más inquietante que todas ellas. Alcancé a comprender que cada individuo de ese mundo pensaría igual que yo acerca de sus problemas. Todo ello me pareció patético y absurdo: ninguna preocupación era realmente importante, o acaso había preocupaciones indiscutibles, como las verdades absolutas. Me negué el derecho a considerarme desgraciado, pero al instante retomé la interminable (aparentemente interminable) lista de recuerdos, impresiones y sensaciones. Por un momento dejé de pensar y miré al viejo: estaba quieto, extrañamente inmóvil; incluso había dejado de levitar. Supuse que le faltaba muy poco para concluir su obra. Llamaron a la puerta; recordé a mis hermanos. Kúmard ni se inmutó. Fui hasta la puerta y abrí: los tres pequeños me abrazaron y entraron. La pequeña Ynda comentó que le divertía la volátil estancia de Kúmard; Leran me miró y se acomodó en una de las butacas de la sala; Ated, sonriendo, saludó a Kúmard. Todos eran menores que yo, tan indefensos y necesitados de un guía. El viejo levantó la cabeza, me miró y todo empezó a desvanecerse: vi desaparecer la llanura, y después (aunque no por completo), la butaca tapizada de rojo.
–¿Qué sucede? –pregunté alarmado a Kúmard.
–He terminado –sentenció.
–¿Qué tiene eso que ver? –añadí.
–Mi mundo ha finalizado –dijo con voz apagada–. No he conocido sus consecuencias hasta el preciso instante de su conclusión.
–¿Y qué has concluido? –pregunté desesperado.
–He seleccionado un personaje al azar; él imaginaba que vivía en mi mundo. Siguiendo tu consejo, he invertido sus circunstancias: él siempre se había sentido acompañado, rodeado de un cariño incondicional; he disipado esa ilusión, de modo que ya no podrá soñar más que vive en mi mundo, en Fictenia, y regresará a su soledad eterna, fría, oscura.
–¿Acaso tu mundo afecta a esta realidad? –sollocé confundido.
–Aún no lo comprendes –comentó, sonriendo irónicamente–. Mi mundo no es una invención; es real, es lo que estás terminando de ver.
–¿El efecto de ese personaje... influye sobre todos los demás? –traté de preguntar entre lágrimas, intuyendo ya mi terrible destino.
–No, sólo a él –pronunció gravemente el viejo.
Callé; decidí que era mejor callar. Miré por última vez a mis hermanos, a Kúmard; eché un vistazo a los acuarios espectrales y presentí que no volvería a contemplar ese mundo prodigioso. La butaca roja terminó de desvanecerse ante mí, dejándome sumergido en una vasta oscuridad. Al fondo distinguí la luz de una lamparita de noche curiosamente esférica y transparente recordándome algo, quizá una imagen, quizá una sensación. Estaba en mi habitación, sentado en mi antigua butaca roja, de donde no me había movido sino con la imaginación; llevaba años sin contemplarla realmente. Me sorprendió una foto de mis padres, que eran iguales que los de mi fantasía; otra foto (esta vez de Miranda) me disgustó por los recuerdos que me inspiraba. Para mí siempre había constituido un misterio por qué las seguía guardando, pero entonces lo vi con claridad: mis padres, ese constante abandono; Miranda (o Sivada), el dolor agudo y amargo; mis hermanos... Miré el teléfono, que nunca suena, y me pregunté si a Kúmard le importaría que llamase a mis hermanos para que pasaran la noche en su casa.
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A GuKLlevaba en planta desde las seis de la mañana. Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante, y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina. El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado. Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era realmente interesante. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Simplemente tocaba y olvidaba sus rencores. Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio. Sólo su carácter. |
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