El Aleph
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El Arte no es más que un vehículo de transmisión de emociones. Desde esta perspectiva, un artista es la persona capaz de transmitir a los espectadores las mismas sensaciones que él experimenta con su obra. Estoy completamente convencido de que actualmente no somos capaces de lograrlo, de que no sabemos pulsar las teclas adecuadas para provocar emociones precisas.

Nuestro Arte es rudimentario e imperfecto. Incluso es posible que ni siquiera podamos llamarlo Arte.
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Me uno a la conversación de Xesca para aportar mi punto de vista.

El precio de un libro, como el de cualquier bien de consumo, no debería estar fijado por ley. La intervención del Estado en el mercado es siempre nociva, y el resultado suele ser un encarecimiento de los precios o una disminución de la calidad.

Los defensores del precio fijo de los libros son editores y autores consagrados, y normalmente amigos del intervencionismo económico. Tener la vida resuelta permite decir muchas sandeces, como las que se leen aquí:

"El libro, con un solo precio, es una igualdad de oportunidades para todos."

Antonio Gala

"El hombre, como una librería, es mortal, pero no por eso hay que matarlo."

Mario Muchnik

Los lectores no suelen defender esa postura absurda, y si lo hacen es por desinformación o por sectarismo. ¿Quién puede estar de acuerdo con pagar más por un producto que podría ser más barato? El ejemplo es Amazon, que ofrece precios bajos, descuentos y ofertas por doquier.

Los argumentos de los defensores del precio fijo suelen ser tres: El fomento de la lectura; el abaratamiento de los libros; y la protección de los editores y los libreros. He dicho argumentos, pero se trata de falacias. La lectura se fomenta bajando el precio de los libros, lo que sólo se consigue en mercados libres, así como aprovechando las nuevas tecnologías, cosa que en España se ve de manera muy negativa. Por otra parte, me parece absurdo perjudicar a todos los consumidores de un sector para que ciertos elementos del mismo sobrevivan. Los editores y los libreros no quieren competencia, sino protección estatal, y todo ello a costa del bolsillo de los lectores. Su postura recuerda la de los enemigos de la imprenta, como Víctor Hugo: "la invención de esta máquina diabólica puede destruir reinos. Cualquiera podrá escribir un libro. La opinión de uno cualquiera podrá ser tan importante como la de otro." Les horroriza que cualquiera pueda vender un libro, y para colmo mejor y más barato que ellos.

Lo cierto es que la calidad de las librerías va de mal en peor. En primer lugar no tienen títulos inusuales. Por poner un ejemplo, llevo tiempo buscando la obra poética de Schiller sin éxito. La atención de los dependientes, salvo excepciones, resulta poco amigable: no te ayudan a encontrar los libros, no conocen casi nada, etc. Las editoriales españolas, lo sé por experiencia, sólo editan sobre seguro; si no, es el autor el que costea la obra. ¿Por qué hay que proteger un sector deficiente?

El precio de los libros, en resumen, debe ser fijado por vendedores y consumidores, esto es por el mercado, sin que nadie imponga su criterio a los demás.

ACTUALIZACIÓN: A raíz de esta polémica, me puse en contacto con la editorial Páginas de Espuma, defensora del precio fijo de los libros:
de Eduardo Martos Gómez
para ppespuma-at-arrakis.es
fecha 28-feb-2008 22:16
asunto Contra el precio fijo
enviado por gmail.com

Buenas noches:

Mi nombre es Eduardo Martos Gómez. Soy lector y escritor, pero ante todo lector, y estoy totalmente en contra del precio fijo de los libros. Creo en el libre mercado y defiendo la libertad de cada cual a vender sus propiedades al precio que le parezca oportuno. ¿Quieren un ejemplo de que el precio libre funciona mejor? Amazon. En EE.UU., la gente lee más porque puede comprar libros con ofertas y descuentos. En España, gracias a personas como ustedes, esto es imposible.

Y no argumenten que esto ayuda a géneros minoritarios, porque en España se escribe mucha poesía, mucho ensayo y mucho relato, y en las librerías apenas existen tales géneros.

Un saludo.
Su respuesta, rebosante de argumentación, ha sido la siguiente:
de Editorial Páginas de Espuma
para Eduardo Martos Gómez
fecha 03-mar-2008 10:05
asunto Re: Contra el precio fijo

Demuestra no conocer lo más minimo el sector del libro.
Eduardo Martos Gómez, 28/FEB/2008 (en Reflexiones)
Corregido por Eduardo Martos Gómez. Última revisión a las 16:08 del 03/MAR/2008
Comentarios (2)
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Es muy grato que alguien te lea y te comente sus impresiones. Cuando no se es famoso, esto sólo sucede entre amigos, lo cual resta credibilidad a la opinión del lector. La educación y la inconsciente intención de no ofender evitan cualquier posible crítica negativa.

Hace unas semanas le pedí a Uberum que leyera Lapso y lo criticara. No nos conocemos, así que su opinión podía ser más libre. Ya me ha respondido, y lo que he leído me ha resultado muy grato. Para sentir que he llegado a un lector, no necesito que le guste todo el libro. Me basta con que quiera salvar una página, o una frase perdida entre las páginas. Si además, me señala lo que no le ha gustado, lo que no le ha parecido elaborado o eficaz, la comunicación se completa en un ciclo perfecto.

Críticas he tenido muchas a lo largo de mi vida, pero normalmente en círculos cerrados, lo cual acaba viciando el mensaje. Comparto y agradezco la crítica de Uberum porque está lejos de mis circunstancias y ve mi libro sin ver al autor. Espero que no sea la última, porque los halagos nunca me han ayudado a mejorar. ¿Alguien más se anima?
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Hola, me llamo Eduardo Martos Gómez, y entre otras cosas, soy escritor. A diferencia de los integrantes del autodenominado y voluntario gueto del mundo de la cultura, todos ellos intelectuales y artistas, yo no quiero robaros ni pretendo que me paguéis los vicios a la fuerza. Simplemente pretendo que me leáis y, si os gusta mi literatura, compréis mis libros.

Me desagrada la etiqueta mundo de la cultura (a partir de ahora, Mordor), que parece englobar únicamente a los autores, cuando la cultura depende en mucha mayor medida del público, del observador. También estoy en contra del uso de intelectual como sustantivo. ¿Hablar de "los intelectuales" no equivale a negar la intelectualidad de los demás? ¿Acaso quienes quedamos fuera somos estúpidos? Intuyo que Mordor así lo cree.

Hace poco he publicado un libro cuyo interés, lo reconozco, es limitado. Se compone de 26 relatos breves, o microrrelatos, de género fantástico. Es evidente que este tipo de literatura no está de moda. Sin embargo, tiene una característica peculiar, y es que carece de copyright. Yo no renuncio a la autoría de mi obra, pero sí reniego del tradicional concepto de propiedad intelectual y, sobre todo, de sus consecuencias. Me encanta conversar con mis lectores, que son pocos pero magníficos, y para ello debe existir, como mínimo, una relación de cordialidad. Si me dedicara a amenazarlos y perseguirlos, no cabe duda que dejarían de leerme y me retirarían la palabra.

Mordor argumenta que la única forma de ganar dinero con la música, el cine, la literatura, etc., reside en el antiguo modelo, es decir, en la restricción de uso y en la cruzada contra el público. No seré yo quien haga ascos al dinero que la literatura me pueda reportar, aunque no es mi motivación principal. En todo caso, estoy seguro de que la manera de conseguirlo no pasa por criminalizar a mis clientes, sino por establecer con ellos una conversación y una relación de intercambio y enriquecimiento mutuo. Desde que publiqué el libro, en noviembre, he recibido numerosos comentarios, que son para mí la mejor recompensa. Que gane o no dinero, depende de dos factores: por una parte, de su capacidad para captar la atención del público; por otra, de mi capacidad para lograr que esto suceda, es decir, de mis esfuerzos para darle publicidad. Si el rendimiento económico de mi libro es pobre, no encontraré un culpable mejor que yo mismo. Pero actualmente, entender que las personas son libres para decidir en qué gastan su dinero, es como pedir peras al olmo.

Lo repetiré hasta la saciedad: Podéis descargar mi libro, enviarlo por correo-e, subirlo a las redes sociales y a las p2p, imprimirlo, fotopiarlo (aunque siempre es mejor ahorrar papel), y sólo si os gusta y creéis que merece la pena que forme parte de vuestra biblioteca, compradlo. Si no queréis gastaros tanto dinero y, sin embargo, os apetece invitarme a una caña, podéis hacerme un donativo (el iconito del leru). Pero siempre me sentará mejor un comentario. Y recordad: Jamás os llamaré "piratas" por ejercer vuestra libertad.
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Brad Williams, el hombre Google, o la enciclopedia andante, ha sido comparado con Funes el memorioso porque posee una memoria prodigiosa. Sin embargo, Funes recordaba cada detalle que sus sentidos captaban: todas las tonalidades y todas las posiciones que cada hoja de un árbol adoptara a lo largo del atardecer (a lo largo de todos los atardeceres); cada variación de cada nota de una melodía; cada gesto de cada conversación, etc. Aun así, parece que el señor Williams es un esclavo de su memoria.

El olvido no es tan perjudicial como parece. De hecho, en ocasiones constituye un mecanismo de autodefensa de la mente: el recuerdo de situaciones traumáticas o excesivamente impactantes, es atenuado en sus detalles o incluso bloqueado. Para el inmortal del cuento de Borges, el olvido es la única forma de soportar el presente, pues la abrumadora suma de recuerdos resulta atroz. El propio Borges entiende -o desea- que la muerte implica el olvido, la disolución en el todo ("llegará un momento", confiesa con alivio, "en el cual cesaré para siempre, en el cual dejará de existir Jorge Luis Borges"). El enamorado que sufre un desengaño cruel necesita olvidar. Mi padre, con su peculiar memoria, agradece olvidar las películas que ha visto y los libros que ha leído, porque así puede disfrutarlos, de cuando en cuando, como si fueran nuevos para él.

El recuerdo, que en tantas ocasiones se nos presenta como la hermosa evocación, puede significar una tortura. Quien no se libra de un recuerdo persistente, puede enloquecer. Y quien forzosamente relaciona prácticamente todo lo que ve, todo lo que oye, con recuerdos de su pasado, sufre una condena sutil pero implacable: nunca es libre de perderse en el bálsamo del olvido, en la reconfortante sensación de no saber quién es o quién fue.

Lo reconozco, mi memoria es mala, o mejor dicho, demasiado caprichosa. Quizá no soy justo en mi valoración y me mueve la envidia insana. Pero sé que cuando llegue mi hora, podré decir, si acierto a recordarlo, que no sé quién fui, ni quién soy. En cambio, Brad Williams podrá repetir sin vanidad ni desafío las palabras de Yahveh: "Yo soy el que soy."
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